Cronistas Oficiales
El Descubrimiento del Nuevo Mundo fue documentado desde el primer momento por el propio Cristóbal Colón en las páginas de su diario. La descripción de las nuevas tierras fue un elemento imprescindible, hasta un deber ineludible, de cualquier descubridor. Con el tiempo la acumulación de textos escritos sobre el Nuevo Mundo sobrepasaron todas las expectativas, los materiales acumulados en los archivos superaba la capacidad de síntesis de cualquier historiador o humanista. Todos los que iban a América escribía. Unos, los enviados de la Corona, escribían por imposición; otros, la mayoría, por gusto. Visitantes y residentes tenían necesidad de decirle a España y a Europa que era América. A veces se lanzaban a hacer sus relatos simplemente por curiosidad o por provecho, por denunciar o por alabar a alguien.
Así las cosas, la Corona y, especialmente, el Consejo Real y Supremo de las Indias se encontraron con una difícil tarea de distinguir entre los “hechos verdaderos” y los intereses particulares. Felipe II percibió con agudeza la necesidad de organizar los materiales escritos que abarcaban todo tipo de géneros desde las cartas hasta las encuestas oficiales. Necesitaba conocer para gobernar, o como dirían hoy, a analizar los datos para adaptar las medidas de gobierno a los territorios. He aquí, la importancia de las tradiciones: Felipe II amplía el ámbito de la Crónica medieval al Nuevo Mundo. La idea principal fue crear una crónica que sortease los intereses particulares para llegar a conocer las tierras descubiertas. Y que permitiese acertar con el gobierno del imperio más extenso del mundo moderno, un conglomerado de virreinatos, capitanías y provincias. Para llevar a cabo este propósito real de saber cómo eran y que necesitaba los nuevos territorios, en definitiva, para tener un conocimiento objetivo de la situación, nada mejor que una visita, es decir, una inspección. A Juan de Ovando se le encargó de esta sutil misión, que llevó. A cabo con firme voluntad y determinación; revisó todos los documentos que acumulaba el Consejo de las Indias. Sus conclusiones aparecen en las Ordenanzas y son éstas que crean el cargo de cronista mayor (1571) y le encargan la función de redactar la historia general, moral y natural del Nuevo Mundo, además de dejar constancia de acontecimientos y hechos excepcionales de Ultramar.
Si los principios fueron algo confusos por la coincidencia de las funciones entre el cronista mayor de las Indias y el cosmógrafo mayor, el ocaso de esta institución fue mucho peor: por un lado, el siglo XVIII elevó la arbitrariedad del soberano a las cotas más altas, porque permitía que el monarca contradijera sus propias ordenes para nombrar a los cronistas; y, por otro lado, a la Academia de la Historia se le usurpaban su funciones. La fundación de la Real Academia de la Historia fue un gran acontecimiento, pero los esfuerzos de los académicos resultaron estériles por las riñas entre los bandos que se formaron dentro de la institución. Hemos de mencionar, primero, la Real Orden de Felipe V del 18 de abril de 1738 que dio la categoría de institución a la Real Academia de Historia (RAH); y, en segundo lugar, debe mencionarse la orden del año 1744 que traspasaba el oficio del cronista de Indias a la RAH. Fernando VI ratificó en 1755 la RAH como un cronista perpetuo y le encomendó la obligación de revisar los libros de historia. De esta manera, el siglo XVIII brindaba pocos avances hasta el nombramiento de Juan Bautista Muñoz como cronista mayor. Es digno de mención el gran esfuerzo que realizó Antonio de Alcedo, quien sin ostentar cargos ni nombramientos, realizó su Diccionario geográfico histórico de las Indias.
Antonio de Alcedo y Bejarano
Antonio de Herrera (y Tordesillas)